lunes, 14 de noviembre de 2011

Parsimonia, querida.

Cuando abandonas tu sueño, mueres.
Es esa sensación de presión que te estruje las meninges de forma brutal; un cansancio acumulado tras horas de intenso estudio que probablemente no sean fructíferas. Y es que hoy es imposible, hoy es de esos días de manta y no levanta. De recuerdos que te atacan en forma de pinchazo estomacal, que quieren entrar de nuevo en tu vida pero les cierras la puerta. Aquí se acabaron los holas y damos paso al hasta nunca. Gracias.
Pero deciros que esta vida vale la pena, solamente por ellas; las de siempre.
Noto, ese vacio, y la sensación de movimiento en caida libre, con la ley de la gravedad y su nueve coma ocho, con los ejemplares de ELLE que me sujetan las manos con hojas descoloridas de tanto buscarme en ellas.
Queredme un poco, que eso no hace daño.
Las vueltas que damos, eso si en sentido anti-horario porque al fin y al cabo, nunca fuimos de dejarnos llevar por el tiempo; vamos ánimo que lo has hecho más veces solo nada hasta la orilla donde él te espera.
No me gusta esta etapa, es extraña, superficial, faltan los abrazos y las risas, la esencia de las clases y la ganas de que suene el timbre. Somos sucesiones de ramas que esperan ser arrancadas por un niño que las de un uso mejor.
¿Querido otoño dónde te has metido? Creí que serías fiel hasta que apareciese otra mejor.



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