miércoles, 28 de diciembre de 2011

Inevitablemente.

Cuando abandonas tu sueño, mueres.

El gris avanzaba furtivamente por los poros de su piel e invadía los corazones más selectos de la casa. Le gustaba ese color, su sobriedad y el poder de seducción que en tan oscuro tono era primordial. En un inútil intento de cambio, se pintó las uñas del rojo más brillante que encontró; no era su color, lo sabía.
Ella siempre fue de las grises, de las oscuras, las frías. Y aunque pudiese disfrazar con otros tintes la esencia de su alma, sus pensamientos siempre rondaban el límite entre el bien y el mal. Y a pesar de los esfuerzos que juntas emprendimos no quiso saber nada de la irrealidad.
Se entregó a la fuerza de atracción procedente del interior.
Se dejó llevar por el frío de las tardes invernales y el calor de las castañas en Santander.
Se limitó a vivir sin amor.
A disfrutar de las rumbas improvisadas en una clase repleta de sueños sin cumplir.


Dar la espalda, mientras la cara es surcada.

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