martes, 18 de septiembre de 2012

Llévate la noche que te conocí.

Suavemente nos íbamos deslizando en ese Septiembre de miedos, reencuentros, libros, besos de despedida y alguna bienvenida desganada. Los viernes noche se tornaban nostálgicos y aquel Call me maybe dolía más que las agujas de los tacones. Tu camisa de cuadros y mi vestido negro se hicieron amigos pero nuestras miradas esquivaban el quizás. Ahora me despierto aún a oscuras y veo amanecer desde una clase verde, como tus ojos. Dudo y se tambalean las ideas. Mi melena está más larga que nunca y las uñas ya se visten de color vino, producto de una embriaguez veraniega que teme el invierno. Y es que no me apetece otro invierno frío que solo tiene papel como refugio, me apetecen tus manos o el recuerdo de las de él. 
Un recuerdo que cura el olvido.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Ningún clavo es capaz de sacar a otro.

Me he perdido en otra boca mirando a tus ojos. He regalado mi primer beso a una persona cualquiera por tratar de olvidar tu pelo. Me he decepcionado al sentir que no eran tus labios, y un miércoles día cinco de un verano decadente he mirado al mar abrazada a otro. No he sentido nada y sólo tu rondabas mi mente mientras las ruedas de ese coche gris rodaban por el faro y mis pestañas eran golpeadas por olas de lágrimas contenidas. Su saliva no curaba las heridas que abriste el viernes y solo me acordaba de aquel jersey azul. Esquivando sus abrazos y hablando sin sujeto pasaron las horas entre los hielos de las copas y esa brisa tan propia de Septiembre, mi pelo revuelto y sus ojos fijos en mi, su boca buscando la mía y yo tratando de zafarme porque te quiero a ti. Una despedida húmeda y yo seguía con tu nombre tatuado en el alma. Casi diecisiete, dos besos mojados y tú como anfitrión.