viernes, 19 de julio de 2013

Si no se rompe la noche.

Aquel universitario brillante y guapo ahora si me pertenecía, hasta el extremo que contaba las rayas de su camisa azul y hundía mi cabeza en su hombro.
Hablábamos de triunfos y de evitar la mediocridad mientras olíamos a sal y atardeceres compartidos.
Nadie creía en nosotros, ni en un amor que caducaría en septiembre, ni en  sus aires soberbios y mi mirada perdida. Una mirada que se humedecía en momentos de tensión ante el miedo a lo desconocido.
Sus formas suaves y delicadas a veces, su iniciativa plasmada en unas manos que recorrían zonas prohibidas. Una culpabilidad que acechaba en las noches más oscuras, por aquello de la decencia que perdía entre los asientos de ese coche que nos llevaba casi al cielo.
Y luego el miedo a perderme entre sus sábanas o perderle en un avión con dirección Madrid.
Yo diecisiete inexpertos, el sumaba los veinte con pasado indecoroso.
Todos esperando lo peor, yo esperando en el portal a la hora de siempre.
Y luego el miedo a enamorarme desde julio para olvidarnos en septiembre.




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